25.5.11

Curriculum

Podría hacer algo útil...
Me haré médico, y luego con un par de librillos encima haré una siesta matinal.
Me llevare a mi misma a cenar y después te tomare conmigo una taza de té, o en una taza de té, quizá mejor en una taza de té.
Tal vez me tiña el pelo tan rutilante como la pasta de los librillos que mis parpados dejaran ver por debajo de mi siesta.
Luego, luego tocare el timbre de mi vecino hasta que obligado por su imperioso conocimiento rosee mi té con azúcar (aunque con la infusión que habré de ponerle luego de ir a cenar ya habrá quedado muy azucarado)
Para hacerme médico habré tenido que quedarme un poco a tu lado, sólo un poquito más.
Y si me he quedado con el rojo rutilante, de las pastas de los libros con los que hice una siesta, y los que por venir de ciertas manos deben gustar a esas mismas manos, en el pelo.
Entonces no habría que dudar que de seguro te habría tomado en una taza de té -demasiado azucarado-
Así pues, luego de tomarte y conociendo tanto como tú tus vericuetos, ya habré sido lo primero que quise ser.
Y con 32 premisas, 225 años de facultad, y 32000 anotaciones experimentales, habré hecho algo útil.

25.4.11

Funebre I

La mujer bajita miro de soslayo a la otra que agonizaba en el lecho implorando una sola cosa –No me cierren los ojos-

4.4.11

El amor de un mistico

Y casi como si todo fuera un juego religioso, sale Isabella de casa en la media noche. Lleva dos cosas que desde lejos no son mas que bultos: uno blanco y delgado, uno negro y redondo. Camina como a ciegas, como una marioneta que con expresion de desconocimiento camina con total seguridad; se le alumbra la mitad de la cara con el destello mortecino de la luna, de cuando en cuando se pone el bulto blanco por encima de la frente, a modo de disfraz o tal vez de confidente... Como yo desde aqui la veo tan clara en su huida pienso que habran muchos mas que como yo la estan viendo, y entonces me da miedo que sea tan evidente y trato de seguirla para cuidar con mi presencia su privacidad. Pero Isabella esta embriagada, tranquila dentro de su afan y con una certeza que no entiendo. Se frena y en un solo movimiento se tiende en el pasto lleno de rocio, me impacto tanto que me quedo suspendido viendola, y entiendo que sus pupilas estan por alcanzarme asi que imito su movimiento para no arruinar la soledad que al parecer tanto disfruta. Y tengo que mirarla refregar su pelo contra el rocio, tengo que morderme la lengua para no advertirle el peligro que corre. Comienza a murmurar versos, mas y mas alto hasta que me obliga a cubrirme los oidos. Veo que los lee del bulto blanco, y entiendo porque lo llevaba tan cubierto y tan vigilado. Y de repente entra un robusto, no sabria decir a ciencia cierta que clase de robusto es, pero la toma por la espalda y la levanta del rocio. Ella aprieta los ojos. Y esque si lo viera ya no tendria nada de mistico su amor, si se simplificara todo a una figura llena de vericuetos y de normalidades, ya no valdria la pena leer cuanto se desea el deseo. Ya no quedarian ganas de finjir una experiencia, si lo que se vive puede ser contado y comprendido, y puede ser tan publico como una fotografia, para que entrgarlo a las manos de lo increible? Era mejor que como ella, nadie mas lo creyera posible...

20.3.11

Vernice

-Pueblo, pueblo, pueblo- decía Vernice con el movimiento casi circular del caballo por debajo de sus piernas.
-Pueblo, grande y tibio- Volvía a repetir Vernice, ahora un poco menos convencido de estar haciendo algo allí.

Corrían los granos de arena todos en conjunto, lejos del caballo, y Vernice a duras penas si los llamaba con la mirada, quería que lo cubrieran de polvo, quería tener de que limpiarse cuando pisara firmemente la taberna. Pero la arena lo miraba de reojo y se elevaba a lo que mas le diera el viento.
-Ya ves que no es la arena para todo el mundo, habemos unos cuantos que necesitamos de cortinas de arena, de un poquito de polvo amarillo que oscurezca lo que tanto amedrenta, y limpios vivimos como si no saliéramos del agua-
De pronto salio un hombrecito, con una camisa roja y una aurora de polvo amarillento flotando a su alrededor.
-Y habemos otros, que no podemos quitarnos la arena de encima- dijo Vernice con vocesita clara y juguetona (a decir verdad un tanto envidiosa)

Bajo del caballo y lo tomo de la rienda para caminar mas lento entre las calles, haber si así se le pegaba la arena, pero nada, tan limpio como siempre. -Hay que engañar al cerebro- pensaba y se repetía en el fuero interno mientras marcaba las espuelas de las botas por todo el camino hacia la taberna.
Y allí estaba frente a la puerta tan rápido como lo había esperado, y dando el paso para flanquear el umbral no pudo evitar fijarse en sus botas que brillaban en su pulcritud, y se enfureció un poco. Se freno en seco y se quedo contemplando las botas, y no fue sino levantar la mirada para encontrarse con el pequeño Tailer.
-Ya ves que si ha vuelto el buen Vernice, y tan limpio como siempre-
Frunció el ceño y miro a Tailer con claro desagrado, el chico seguía sin comprender que podía tener de malo su cumplido, así que rebuscando en su memoria volvió a abrir la boca -Es muy bueno estar limpio buen Vernice, eso dice siempre mi madre cuando vuelvo a casa lleno de polvo-
Y el desagrado se marco en 3 lineas sobre la frente. -Le molesta que yo este sucio?, buen Vernice, puedo limpiarme ahora mismo-
Pero ya aquí la paciencia, que de por si siempre había hecho falta escaseo en demasía; y el pobre de Vernice en su pulcritud absoluta, tomo un puñado de arena entre los dedos y lo roció sobre su cabeza. El chico Tailer lo miro perplejo, y Vernice comprendio que al fin estaba sucio, así que entro triunfante a la taberna imaginando como destilaba polvo. Sonrió al camarero y fue a verse en e gran espejo del rudimentario baño; pero los ojos lo engañaban, no veía gran diferencia. Y entonces entro el camarero y Vernice apurado se vuelve y le pregunta -Que tal estoy?-

Lo mira, y lo detalla un poco, y luego con una sonrisa de servicio, el camarero agrega -Estupendo buen Vernice, tan limpio como siempre-

5.3.11

Usted




Usted no va a creerme, pero eran días fríos y mas bien callados. Usted va a decir que estoy loca, como siempre dice, pero allí entre esa cantidad de corrientes mortecinas lo podía ver, lo podía contemplar mover los brazos de lado a lado. Y usted no me veía.
Parecía como si se hubiera olvidado de todo lo que nos habíamos procurado entre las abstracciones juveniles, era como si más que el aire, el frío y los labios partidos no hubiera nada.
Y me quede parada donde estaba. Ya desde antes tenía ganas de acercarme pero usted no se volvía y no quería colarme en sus ensoñaciones, así que moví las piernas sobre la acera en la misma dirección cinco veces, y usted al fin me vio.

Se le crispo la mirada y como que escapaba entre mis pupilas, pero yo lo retuve. Entonces fue como esa noche de Diciembre, como esa playa tibia y a veces fría que nos amó tantas veces. Me tomó, usted, la mano, y esquivó mi mirada entre mis dedos; sonrió usted cuando le quite dedo por dedo los guantes que llevaba y entonces su mano descalza tomo la mía vestida para encaminarla como aquella vez en esa playa, hacia la soledad gélida que nos gustaba tanto calentar.
Me sentí como un candelabro; usted me soplaba con los ojos porque podía ver como ardía. 
Se reía, !sí se reía! Y era tan barbara su risa que me complacía saber que dentro de poco podría hacérsela tragar toda, dos pisos más y la merced sería mía, dos pisos más.

Entró usted despacio, la llave en la cerradura, el momento le dio incluso tiempo para cambiar de mano el maletín lleno de haikus e idearios que cargaba siempre como un apéndice. Yo disimulaba la ansiedad y usted seguía sonriendo. Colgué mi bolso a rayas en su perchero y usted se limito a dejar caer el maletín de la mano como en un forzoso accidente. Y era todo eso la trama, una trama calculadora y lenta, una trama que estaba gozando de nosotros. Y usted se tapo la sonrisa con mis labios.

Era clandestino el encuentro, casi actuado, calculado y aprendido como una danza. La gente habría creído que eramos perfectos desconocidos, la gente, si nos hubiera visto. Pero usted era mi esposo, el mismo celebre que algún día se decidió por una con mi anatomía, el mismo amante de topografías extrañas.

13.1.11

Miro las luces,
son avidas y finas junto a tu recuerdo,
se enredan en mis ojos y casi llamean.
Hasta que me hipnotizan,
hasta que termino por dejar de verlas.

Solo las miro candidamente,
mientras proyecto tu anatomía en mi memoria,

Y de pronto pestañeo incrédula,
no hay nada mas que tu, no hay nada.

Me miras y sonríes como me gusta que sonrías,
te miró y creo que sonrió, pero no sonrió,
solo entreabro la boca expectante.

Se agranda tu recuerdo hasta que no puedo verlo,
hasta que va mas allá de los alcances de mis pupilas.

Si había un todo ya lo extralimitaste,
y si habia una nada que alguien venga y me pruebe su existencia,
porque ahora mismo
No hay nada mas que tu, no hay nada.


7.1.11

Mercedes


El ataúd vacio. o parcialmente vacio por que dentro habrá mas de mil cosas por recordar luego de que ya ni haya cuerpo, luego de que la corriente se vuelva espesa y los gusanos acaben por consumir los restos.
El ataúd en verdad no esta vació, lo habitan muchedumbres.
El ataúd que ves lleno de ese cuerpo, de esa cara redonda y mortífera, que parece sonreír contra el cristal que tanto quisieras que se empañé. Pero lo hace? y tal vez si. Y tal ves lo ves ahora mismo exhalar un vaho, exhalar un pedazo de esperanza. Que harías entonces, Mercedes?
Empujar las coronas a un lado, ver como se despedazan las flores; y luego reclinar el cuerpo un poco para introducir una pequeña porción de tus dedos entre las comisuras de la madera. Es inútil, no tienes la fuerza.
Entonces con el puño cerrado habría que golpear contra el incipiente cristal, que parece ser un acetato mas fuerte que resiste la fuerza de un puño menudo y desesperado.

Notas mercedes que por mas que exhalara, no hay salida de allí donde tu misma lo pusiste. Lo has entregado mercedes, esta ahí, por ahora te mira desde detrás de sus arrugados párpados, y cuando te acercas te sonríe para que sepas que estará mejor. Que no siempre su palidez mortecina deborara sus bobedas oculares, y la candidez de sus labios. Habrá luego cabida para la necesidad, por ahora absorbe esa, su imagen, absorbela y acomodala cómodamente en tu memoria para que no haya recuerdo capaz de lapidarla.
Piensas entonces, que al menos parece sonreír, que mas allá de su recuerdo, va a estar siempre el ataúd, siempre el ataúd a tu lado, o a algunos metros bajo la tierra, para sonreirte.